Una orientación espiritista

La muerte: ¿un falso concepto? El espiritismo, como todos los ideales del mundo, como todas las ciencias, necesita de estudio y análisis desapasionado para no dejarnos seducir de cerebros enfermizos

Si la comunicación con los espíritus no fuera una verdad comprobable mediante los sistemas conocidos que se prestan a toda clase de análisis, no tendrían razón de ser su existencia, puesto que sin la prueba sería un sistema religioso más. De consiguiente, y para que esta verdad se imponga en el mundo, se necesitan los hechos que nos demuestran hasta la saciedad que no estamos ilusionados, sino que verdaderamente existen los espíritus y que entran en relación con los hombres para orientarnos, revelándonos que la muerte no tiene más realidad que la que nuestra ignorancia le atribuye.

De aquí la necesidad de instruirnos, y de esta instrucción deriva el conocimiento de las leyes morales que nos obligan a reforzar nuestro modo de ser, encaminando nuestros pasos hacia fines más elevados que los que hasta el presente habíamos presentido.

Si los espiritistas en general diéramos al estudio la importancia que realmente requiere, prefiriéndolo hasta cierto punto a las manifestaciones espíritas, en lo que no debiera entrarse sino con un conocimiento relativo de lo que son, nos ahorraríamos muchas censuras de parte de las personas sensatas, y muchas ridículas escenas de los ignorantes. Pues tendríamos más precaución en nuestra divulgación y procuraríamos hacerlo en mejores condiciones.

En muchas ocasiones valdría más callarse y no hablar de cuestiones que para nosotros constituyen argumentos de convicción, pues no lo son para todos. En este sabio silencio, y en el obrar en armonía con lo que nos manda la moral espírita, estribaría nuestra mayor divulgación de hechos que no son comprendidos, unas veces por falta de datos en nuestras explicaciones, y otras por falta de evolución necesaria para admitir ciertas verdades.

Hay un gran número de espiritistas que por falta de medios y mayor número aún por falta de deseos para instruirse, se conforman con las comunicaciones de los espíritus y no tienen inconveniente en declarar públicamente que una comunicación enseña más que todos los libros juntos. No diré que esto no sea, pero creo que en todo tiempo ha sido el estudio, la experiencia y la práctica la que nos permite alcanzar las cotas anheladas.

Hace falta estudiar, y estudiar con aprovechamiento; relacionarse y buscar un centro de reunión para cambiar impresiones; no entregarse a comunicaciones espiritistas privadas, obedeciendo a indicaciones de los espíritus, salvo aquellos casos que la razón lo aconseje por un algo especial y siempre con un alto fin moral, y podremos evitarnos el caer en mixtificaciones y obsesiones de tan malas consecuencias como las que a diario vemos y tan mal parados nos dejan.

Es preciso reconocer que la manera de ayudar a la ciencia espírita es haciéndose culto y razonable; sabiendo lo que se cree y por qué se cree, y no tener en nadie una confianza ciega.

El espiritismo, como todos los ideales del mundo, como todas las ciencias, necesita de estudio y análisis desapasionado para no dejarnos seducir de cerebros enfermizos; de médiums que son instrumentos inconscientes de inteligencias atrasadas, ni de nuestras propias ideas a veces erróneas. Cuando se estudia, se aprende a pensar; cuando se piensa se aprende a razonar y cuando se comparan nuestras ideas con las ajenas, nacen discusiones que nos hacen confirmarnos en nuestras deducciones o en reformar nuestro criterio. Dudo que, quien de esta manera obre, pueda ser nunca mixtificado; por el contrario, quien dice que el libro no es preciso teniendo comunicaciones, tarde o temprano habrá de sufrir las consecuencias de su modo de pensar.