Sacrificios en Dahomey

Existe la magia blanca y la magia negra, hay un Vudú benéfico y un Vudú maléfico. El primero, como su nombre indica, está destinado a beneficiar al que acude a él, para curar una enfermedad, por ejemplo.

Sacrificios, Snagrientos en Dahomey

En el Dahomey del siglo XIX, sobre todo en Benin, existía la costumbre de sacrificar ritualísticamente los prisioneros de guerra a los dioses y comerse luego su carne. Este rito era sumamente despiadado. La víctima, con las manos atadas a la espalda, era llevada ante el sacrificador, quien le ponía la mano sobre la cabeza y pronunciaba algunas oraciones mágicas para que las divinidades aceptaran de buen talante el sacrificio.

Entretanto, detrás de la víctima se situaba un hombre, armado con un afilado sable que, a una señal hecha por el sacerdote, le decapitaba de un certero golpe; en este instante el pueblo prorrumpía en enorme griterío de contento. Una vez el cuerpo se había desangrado, los asistentes al terrible ritual lo descuartizaban y se lo comían. El padre Courdioux, misionero francés en Benin, escribió sobre estos indígenas (Misión de Lyon):

"En Abomé, capital de Dahomey, todos los días se colocan, a derecha e izquierda, de la entrada del palacio del rey, cuatro o cinco cabezas recién cortadas. Por la noche se sacrifican nuevas víctimas, y los cañonazos que a intervalos fijos se disparan sirven de anuncio a los sacrificios. Uno de los regocijos públicos consiste en levantar horcas en las plazas, de las que penden cuerpos inanimados, y el rey, conducido por sus amazonas en hamaca, se regocija pasando debajo de los mismos. Después, el déspota y sus ministros distribuyen regalos al pueblo, consistentes en piezas de tela, objetos de vidrio, cabras, caimanes y también hombres y mujeres, atados hasta el cuello y colocados en cestas planas.

"El rey, sentado bajo una gran sombrilla, fuma tranquilamente mientras sus ministros hacen a aquellos desgraciados encargos para el otro mundo; a una serial del soberano, las cestas son arrojadas a la multitud desde una altura de seis o siete metros... Funcionarios particulares, hombres, mujeres y niños se lanzan sobre las víctimas y se las disputan unos a otros para comérselas, y devoran miembros a veces aún calientes y palpitantes...".

De la importancia que tuvo la sangre en la magia y la religión, y sobre todo por lo que respecta a Dahomey, ya hablamos en otro trabajo. Aquí sólo insistimos en ello para destacar la influencia que tales creencias y ritos conservan aún en el Vudú y el porqué muchas ceremonias se celebran en secreto, en las profundidades de los bosques o en lugares recónditos. El sacrificio de animales sigue siendo una práctica común; la sangre, la música y el baile son factores imprescindibles para que los creyentes del Vudú puedan quedar en trance, y por medio de esa "posesión", que es un verdadero enigma psíquico, entrar en contacto con el mundo sobrenatural. El trance del Vudú convierte al sujeto en instrumento de fuerzas desconocidas; para el creyente es un dios el que se posesiona de él.

Ahora bien, a la vista de estos antecedentes no hay que caer en el error de que el culto Vudú está sólo destinado a hacer el mal. El Vuduismo viene a ser para los africanos lo que la brujería para los occidentales, esto es, que puede emplearse para hacer el bien o para hacer el mal, según las circunstancias. De la misma manera que existe la magia blanca y la magia negra, hay un Vudú benéfico y un Vudú maléfico. El primero, como su nombre indica, está destinado a beneficiar al que acude a él, para curar una enfermedad, por ejemplo. Por el contrario, el que emplea el Vudú maligno es, en la mayoría de las veces, para vengarse en alguien.

Y por lo que a las conocidas muñecas se refiere, también pueden ser utilizadas para hacer el bien o para hacer el mal. Para ello sólo hay que variar el ritual, el color de las agujas que se clavan en el muñeco y, por supuesto, la disposición del oficiante, o sea, que éste sienta amor o odio. Para maleficiar hay que usar agujas de color negro, y para beneficiar, de color blanco.