Por los Caminos de la Perfección

Es necesario trascender la vanidad espiritual antes de llegar a la perfección

Por los Caminos de la Perfección

Nadie podrá ser verdaderamente grande si no tiene el poder del autocontrol! Por muchas virtudes que tenga un hombre, si cede a los paroxismos del enojo y pierde su autocontrol en momentos críticos, su grandeza resultará disminuida notablemente. Napoleón dijo que si él fuera capaz de dominar su cólera, podría también controlar a los hombres. La gran fuerza de Grant residía en su poder de autocontrol en los momentos críticos. Con la salud ocurre exactamente igual, ya que mientras no consigamos un buen control de nuestras EMOCIONES, no poseeremos una buena salud, permanente y duradera. Las reacciones subsiguientes a las emociones violentas, acarrean desórdenes físicos, unas veces inmediatamente y otras transcurrido algún tiempo. Las emociones son fuerzas naturales sobre su propio plano, y a causa de que son naturales, muchos creen que es innecesario controlarlas. Aunque una cosa sea natural, no es razón para que no sea controlada. Citaremos a continuación las más importantes emociones que en el ser humano puedan darse: La primera es el TEMOR, causa de la mayoría de nuestros sufrimientos innecesarios. El temor es la causa de la mayor parte de los enojos, de los celo, asesinatos, fracasos, robos, dudas, desalientos y de otras condiciones inarmónicas menos importantes. Analicemos detenidamente cualquiera de estos estados mentales y veremos que el temor es el padre de todos ellos. Para realizar rápidamente la destrucción de este gran enemigo es bueno comenzar a controlarse a sí mismo, a autocontrolarse, especialmente, superando la cobardía física. Sin embargo, no podemos olvidar que nuestra mente magnética - gran poderosa -, atraerá valor físico si a nuestros pensamientos los encaminamos constantemente hacia un valor físico, por el contrario, si los decantamos por el lado de los temores, veremos que aquélla nos irá arruinando paulatinamente, magnetizando y materializando -si cabe esta expresión-, con muchos más temores.

La segunda y la tercera de las emociones son la sensualidad y los deseos sexuales. Estos, vamos hoy a pasarlos por alto, ya que tenernos el propósito de realizar una exhaustiva Editorial con este terma tan complejo y delicado.

La cuarta emoción, es la vanidad. Esta emoción es tan sutil que en muchas ocasiones nos dejará verdaderamente sorprendidos. La gran peculiaridad de esta emoción es que la víctima no reconoce su defecto de carácter. Rara vez podréis convencer a una persona vana de que lo es, y a causa de esta sutileza, esta emoción es la más difícil. El primer aspecto de esta falta es la vanidad más grosera o física, a la que pertenece la admiración por el propio y particular atractivo de la belleza física. Es el asentimiento que nos induce a llevar un estilo particular de vestimenta, no porque el vestido sea bonito o amemos lo belio, sino porque creemos que los otros lo admirarán en nosotros.

La vanidad mental es otra variante de la anterior. Si un hombre descubre que él es en cierto modo superior a sus semejantes, él lo siente y a menudo mira con desdén a sus hermanos más débiles, y trata de dominar a aquellos a quienes cree inferiores en intelecto, olvidándose de que él mismo es un infante cósmico comparado con otros que han pasado en evolución más allá que él.

Después viene la vanidad espiritual y ésta es la fuerza que actúa sobre casi todos los reformadores. Es esa vanidad que hace decir a los hombres: «Todo está mal en el mundo», que es como si dijeran: «La Conciencia Suprema está equivocada en su manejo de las cosas terrestres y yo debo entrar en el mundo y enderezarlo». «Yo, levantaré toda la Humanidad hasta mi plano y lo ayudaré para que llegue a mi nivel», etc. La vanidad espiritual se presenta con un disfraz tan sutil que el poseído no reconoce el motivo que yace tras sus esfuerzos. Superadas estas emociones -¡casi nada! se llega a la HERMANDAD SILENCIOSA, obreros invisibles y silenciosos, generalmente desconocidos, que como dirían los jóvenes “pasan” de la adulación y adoración de los hombres, que enseñan, inspiran y elevan a la Humanidad lo más rápidamente como ésta pueda asimilar, sin obtener palabra alguna de alabanza, sin palabra alguna de agradecimiento o de aprecio de parte del mundo por sus sacrificios y sus esfuerzos. Es necesario trascender la vanidad espiritual antes de llegar a la perfección.

Ramon Plana