Evolución del alma

Nuestra alma es un habitante de dos mundos; el uno es de constitución biológica u orgánica y el otro es lo trascendental

Evolución del alma a través de la espiritualidad

El alma humana, el punto de apoyo de su conciencia, es ese centro desde el cual el individuo ejerce su observación de la realidad y que la confiere una determinada perspectiva. La conciencia ha sido fruto de un proceso de lento y gradual desenvolvimiento, y puede decirse que - de alguna forma - la conquista de la conciencia del yo, de la identidad propia e intransferible, como un punto de singularidad dentro del cosmos, coincide con la etapa del Renacimiento, y con la elaboración de las leyes de la perspectiva en la pintura y en el arte, en la estricta correspondencia que la historia manifiesta entre el desenvolvimiento anímico y el de los sucesos físicos. Ese alma es susceptible de cultivo y desarrollo, ateniéndose a las peculiares leyes que la rigen. Acerca de la naturaleza de esas leyes, trata el presente artículo.

Liberación del ser en la evolución hacia un estado espiritual donde ya no existe ningún deseo, con sus dos formas opuestas que nos atan en este mundo.

¿Qué es el significado de un enriquecimiento del alma? ¿Es el convencimiento de que el espíritu es la forma primaria de la creación? o ¿es fe en los efectos de sus poderes espirituales? ¿Significa esto una construcción teórica hacia siempre nuevas dimensiones espirituales, o es un peregrinaje hacia nuevos medios o aceptación de nuevas manifestaciones? No es nada de eso. El enriquecimiento espiritual significa - según una antigua descripción - impregnación y transformación del alma a través de la espiritualidad. Debemos saber que nuestra alma es un habitante de dos mundos; el uno es de constitución biológica y orgánica y el otro es lo trascendental. Esta trascendencia espiritual no tiene ninguna relación con la mente y el ego, porque ellos son solamente atributos del alma.

El verdadero enriquecimiento espiritual del alma no es ninguna acción espectacular en sí, se desarrolla lentamente, en silencio, sin llamar la atención, como una esponja que se va empapando de agua. Así de la misma forma se está impregnando el alma de espiritualidad hasta estar colmada. Esta transformación no se desarrolla tampoco en el plano intelectual, sino que se manifiesta por el poder intuitivo y cuando el alma ha evolucionado, entonces es cuando se manifiesta el espíritu. Existen muchas personas que hacen grandes discursos sobre los altos valores espirituales, creyendo que la espiritualidad se mide según la grandeza de sus fantasías. La auténtica espiritualidad no crea un estado de emborrachamiento de sentimientos o cuadros multicolores, y tampoco hace falta darle un significado abstracto. Por extraño que pueda parecer en el primer momento, se empieza con un comportamiento bastante sencillo, por ejemplo, encontrar un saludo amable para el prójimo, tomarse tiempo para escucharle, hablar bien de él, tener un poco más de consideración con él. Porque son las pequeñas cosas y detalles los que nos producen una gran armonía. Del deseo de comprensión crece la bondad, y la bondad disminuye el egocentrismo y la avidez; es entonces cuando se nos abre el camino hacia el verdadero conocimiento. Nuestro ego actúa bajo la ley de la autoconservación como todo en la naturaleza. Su punto céntrico es siempre el yo, el mío, y siempre tiene necesidad de algo y pide sin parar cada vez más riquezas de este mundo. Pero la realización de estos deseos nunca proporciona satisfacción duradera, es insaciable.

Sócrates paseaba una vez por un mercado y decía alegremente: ¡Cuántas cosas hay aquí, que no necesito! Nosotros en general tenemos la costumbre de todo, pensando que todo nos hace falta. Con esta manera de pensar es imposible que nuestra alma pueda adquirir un grado más alto de espiritualidad, pensando en un nuevo coche, en una nueva casa, en tener más y más dinero. ¿No son nuestros deseos y nuestra avidez, como un fuego, que nos consume y convierte la armonía de nuestra alma en un montón de ceniza? Mientras corremos detrás de nuestras apetencias, vivimos de manera superficial, hacia afuera. El final es que nuestra vida está dirigida hacia afuera, hacia las apariencias y eso no es el cumplimiento de todos nuestros deseos, sino más bien parece que todo sea fingido y nuestro modo de vivir es ya la muerte en vida.

Nuestras ambiciones y deseos nos impiden la captación de los verdaderos conocimientos. ¿Para qué nos van a ser de utilidad, si sus padrinos son la avaricia y ambición? ¿Para qué nos hacen falta la fe y la verdad, si sólo hacemos uso de ellas cuando se trata de realizar nuestros deseos?

Sólo cuando empezamos a renunciar a los caprichos, nos podemos distanciar del ambiente que nos atrae, y nadie ni nada nos puede empujar de aquí para allá, como un barco en medio de una tormenta en el mar de los deseos.

Este correr contra reloj se transformaría en una calma inmensa y el huir de las circunstancias se convierte en un estado de completo so: siego y, de pronto, nos damos cuenta que el mañana o el pasado mañana, son solamente quimeras de, la conciencia. Y, sin darnos cuenta, ya hemos hecho el primer paso de lo fugaz hacia la percepción de lo eterno. Esta percepción es el signo de la auténtica transformación del alma y nos lleva hacia los conocimientos substanciales. De esta manera, se aumenta el saber de nuestra independencia respecto al tiempo y, con este despertar, la muerte nos parece una ilusión o un embuste.

En el silencio de la meditación, nos es posible olvidar todas nuestras penas experimentadas, y olvidándolas, ya no las hemos de lamentar, porque hemos experimentado que el presente siempre es mejor que el conjunto de todas las peñas sufridas. ¡Cuántas veces piensa uno que la única manera de vivir consistiría en devolver cada golpe recibido! ¿Por qué un golpe o una palabra que nos viene del exterior nos altera? Somos nosotros los que decidiremos si nos alcanza o no, porque si nos puede herir, es el signo de que somos vulnerables. Por eso lo mejor es no hacer una demostración de nuestra debilidad, sino, más bien, intentar reformarnos interiormente. Si no existiera ningún mal en nosotros, tampoco tendría ninguna resonancia en nuestro interior. Entonces sólo podríamos sorprendernos y asombrarnos o tener lástima pero lo que jamás haríamos es devolver el mal recibido. El mal devuelto, nos destruiría a nosotros en vez del prójimo y las luces de nuestra alma se apagarían y quedaríamos en un mar lleno de confusión. En el momento en que nos hubiéramos distanciado del espíritu nos encontraríamos enseguida en el acostumbrado ambiente de las fuerzas destructoras del alma. Esta claridad que había entrado en nuestra vida se borraría al instante y entraríamos de nuevo en un estado de ignorancia. Solamente nos quedaría el recuerdo y la pena de lo que habíamos perdido.

Pero, la mayoría de veces, sólo una buena obra nos puede llevar otra vez a este estado, donde sentimos nuestra verdadera relación con el cosmos. Sin dudar, con plena confianza en nosotros mismos, debemos dar este paso, porque el espíritu se encuentra siempre cerca de nosotros. Para los desilusionados y los desesperados, lo mejor que podrían hacer es un acto de desinteresada bondad. Este hecho podría tener un efecto milagroso, como si a uno le sacara de un pantano por los pelos. Pero la bondad no sirve para nada si la damos solamente a nuestros seres queridos, porque la verdadera bondad no conoce diferencias, es parte de las riquezas del alma.

Muchos hablan de sus principios, de su seriedad moral, de su enorme peso de responsabilidades y de la lucha que llevan dentro de sí mismos, pero lo que no saben es que se toman a sí mismos como verdaderos tontos. Porque el tonto es aquel que utiliza las fuerzas de su ego, para luchar contra ese ego suyo. Es como luchar contra las aspas de un molino, siempre van a parar de nuevo al mismo sitio que es, en nuestro caso, nuestro propio ego. Las fuerzas del ego se reproducen y se crean mutuamente.

Sería mejor conocer la sustancia del ego en todos sus aspectos y su unión a los dos polos opuestos en tiempo y espacio. Si esto ha dado un buen resultado, se ha hecho un gran progreso en la evolución espiritual del alma. El ser que se ha despertado ahora, siente la vida más intensamente y es una persona más alegre, más sosegada y es la expresión total de una jovialidad plena que viene del corazón. Ya no toma muy en serio las diferentes categorías de su ego, incluso se atreve ahora a dudar de sí mismo en los puntos de vista tradicionales. Pero sí se puede decir que se trata de una despedida, que uno está celebrando consigo mismo, siendo más bien un estado de ánimo alegre y optimista.

Estas nuevas circunstancias en que uno se encuentra, ya no se le van a exigir ninguna clase de responsabilidades, ninguna lucha, ni justificación. Lo más decisivo es, en primer lugar, no cómo se actúe, sino de qué manera uno se da como ser humano. Mirando bien el sentido de la responsabilidad es el justificarse de algo que nos corresponde, y el de la lucha es, luchar contra algo que nos da este motivo. Pero el espíritu no conoce esta clase de dualidad, en él existe sólo unidad.

La ausencia de toda ambición, más el actuar con bondad es seguramente muy necesario para nuestra convivencia, pero lo que es de suma importancia en l; evolución de nuestra alma es este consciente distanciamiento de nuestro ego y su subsiguiente liberación de todas estas posibles formas de ataduras.

El camino al abismo de la luz

Con referencia a lo dicho en la frase anterior, también es aplicable a toda clase de ataduras. Y si nos proponemos ahora actuar con bondad, sin depender de ella, nos abandonan automáticamente todas nuestras ambiciones y deseos, porque ya no nos encontramos unidos a ellos; aparte de que vivimos en el tiempo, ya no nos identificamos con él. Si estamos decididos a librarnos de toda clase de ligaduras, debemos considerar que también en el lado opuesto existen ataduras que son las virtudes. Así cualquiera que sea el ligamento que nos une a algo, nos hace enseguida dependientes de algo, y no nos permite ser verdaderamente libres. Solamente el espíritu nos puede dar este auténtico sentimiento de libertad y de no estar atados y dependientes de algo, porque la unidad del espíritu con todo y el todo, no necesita de una unidad de mutua relación.

Nuestro ego decide a través de su mundo de experiencias lo que es bueno o malo para nosotros, alegrías o tristezas, virtudes o pecados. Si comprendemos esto y seguimos entrando más en esa verdad de nuestro ego, vemos con gran asombro una red muy densa de egocentrismo que se había formado durante años y nos estaba influyendo directamente en todas las manifestaciones de nuestra vida. Es característico para el ego querer tomar posesión de todo, como por ejemplo diciendo - mi marido - mi esposa - mi hijo - mi madre -, y en el mismo sentido - mi árbol - mis flores - mi mundo - . Hay que recordar que, por su origen, todas estas cosas no fueron creados para ser parte de nuestra propiedad; ellas existen por sí mismas y no para las delicias del Ego. Pero el ego sigue diciendo «mi Dios» y con esta. expresión se está formando y apareciendo esta imagen del Dios que tiene todas las cualidades del ego mismo, sea ahora la de padre, hijo, madre, y se manifiesta siempre contraria a los puntos de vista del propio ego, repartiendo en competencias, llena el espacio, el tiempo y el bienestar de este ego. Entonces la imagen que se haya formado este ego de su Dios, es para él el verdadero Dios y una manera de auto justificarse, igual que un espejo que nos demuestra, cada día de nuevo, nuestra propia identidad.

Abandonemos este ego, el espejo quedará vacío, porque ya no hay nadie que se esté mirando en él. El ego con todas sus antologías se hubiera perdido y con ellos también la imagen de su Dios. El aspecto de este espejo vacío produce espanto y perplejidad - pero el espíritu - y esto hay que comprenderlo, no es algo que tiene forma, por eso nos da la impresión, si miramos con los ojos del ego, de un vacío con su increíble abismo. Pero cuando se manifiesta la hora crucial, la resurrección del espíritu, se transforma este abismo es una iluminada obscuridad y el abismo del vacío es ahora un abismo de luz. Hundiéndonos en él no perdemos la propia personalidad, es entonces cuando uno es realmente uno mismo. Aquí nos encontramos dentro de un ser que envuelve todo, siendo centro y final al mismo tiempo; allí es donde el vacío completo y la total entrega son una misma cosa, porque significa el máximo cumplimiento.

por JOHANNES ZEISEL